:






Bajo presión 30



El rostro de Aro se alteró conforme me miraba. La seguridad se resquebrajó para convertirse primero en duda y luego en incredulidad antes de calmarse debajo de una máscara amistosa.

Pues sí, muy interesante dijo mientras me soltaba la mano y retrocedía.

Contemplé a Edward, y aunque su rostro era sereno, me pareció ver una chispa de petulancia.

Aro continuó deslizándose con gesto pensativo. Permaneció quieto durante unos momentos mientras su vista oscilaba, mirándonos a los tres. Luego, de forma repentina, sacudió la cabeza y dijo para sus adentros:

Lo primero... Me pregunto si es inmune al resto de nuestros dones... ¿Jane, querida?

¡No! gruñó Edward. Alice le contuvo agarrándole por el brazo con una mano, pero él se la sacudió de encima.

La menuda Jane dedicó una sonrisa de felicidad a Aro.

-¿Sí, maestro?

Ahora Edward gruñía de verdad. Emitió un sonido desgarrado y violento mientras lanzaba a Aro una mirada torva. Nadie se movía en la habitación. Todos los presentes le miraban con incredulidad y sorpresa, como si hubiera cometido una vergonzosa metedura de pata. Aro le miró una vez y se quedó inmóvil mientras su ancha sonrisa se convertía en una expresión malhumorada.

Luego se dirigió a Jane.

Me preguntaba, querida, si Bella es inmune a ti.

Los rabiosos gruñidos de Edward apenas me permitían oír las palabras de Aro. Edward me soltó y se puso delante de mí para esconderme de la vista de ambos. Cayo, seguido por su séquito, se acercó a nosotros tan silenciosamente como un espectro para observar.

Jane se volvió hacia nosotros con una sonrisa beatífica en los labios.

¡No! chilló Alice cuando Edward se lanzó contra la joven.

Antes de que yo fuera capaz de reaccionar, de que alguien se interpusiera entre ellos o de que los escoltas de Aro pudieran moverse, Edward dio con sus huesos en el suelo.

Nadie le había tocado, pero se hallaba en el enlosado y se retorcía con dolores manifiestos ante mi mirada de espanto.

Ahora Jane le sonreía sólo a él, y de pronto encajaron todas las piezas del puzzle, lo que había dicho Alice sobre sus dones formidables, la razón por la que todos trataban a Jane con semejante deferencia y por qué Edward se había interpuesto voluntariamente en su camino antes de que ella pudiera hacer eso conmigo.



¡Parad! grité.

Mi voz resonó en el silencio y me lancé hacia delante de un salto para interponerme entre ellos, pero Alice me rodeó con sus brazos en una presa insuperable e ignoró mi forcejeo. No escapó sonido alguno de los labios de Edward mientras le aplastaban contra las piedras. Me pareció que me iba a estallar de dolor la cabeza al contemplar semejante escena.

Jane la llamó Aro con voz tranquila.

La joven alzó la vista enseguida, aún sonriendo de placer, y le interrogó con la mirada. Edward se quedó inmóvil en cuando Jane dejó de mirarle.

Aro me señaló con un asentimiento de cabeza.

Jane volvió hacia mí su sonrisa.

Ni siquiera le sostuve la mirada. Observé a Edward desde la cárcel de los brazos de Alice, donde seguía debatiéndome en vano.

Se encuentra bien me susurró Alice con voz tensa, y apenas hubo terminado de hablar, Edward se incorporó. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos estaban horrorizados. Al principio, pensé que el pánico se debía al dolor que acababa de padecer, pero entonces miró rápidamente a Jane y luego a mí, y su rostro se relajó de alivio.

También yo observé a Jane, que había dejado de sonreír y me taladraba con la mirada. Apretaba los dientes mientras se concentraba en mí. Retrocedí, esperando sentir el dolor...

... pero no sucedió nada.

Edward volvía a estar a mi lado. Tocó el brazo de Alice y ella me entregó a él.

Aro soltó una risotada.

Ja, ja, ja rió entre dientes. Has sido muy valeroso, Edward, al soportarlo en silencio. En una ocasión, sólo por curiosidad, le pedí a Jane que me lo hiciera a mí...

Sacudió la cabeza con gesto admirado.

Edward le fulminó con la mirada, disgustado. Aro suspiró.

¿Qué vamos a hacer con vosotros?

Edward y Alice se envararon. Aquélla era la parte que habían estado esperando. Me eché a temblar.

Supongo que no existe posibilidad alguna de que hayas cambiado de parecer, ¿verdad? le preguntó Aro, expectante, a Edward. Tu don sería una excelente adquisición para nuestro pequeño grupo.

Edward vaciló. Vi hacer muecas a Felix y a Jane con el rabillo del ojo. Edward pareció sopesar cada palabra antes de pronunciarla:

Preferiría... no... hacerlo.

¿Y tú, Alice? inquirió Aro, aún expectante. ¿Estarías tal vez interesada en unirte a nosotros?

No, gracias dijo Alice.

¿Y tú, Bella?

Aro enarcó las cejas. Le miré fijamente con rostro inexpresivo mientras Edward siseaba en mi oído en voz baja. ¿Bromeaba o de verdad me preguntaba si quería quedarme para la cena?

Fue Cayo, el vampiro de pelo blanco, quien rompió el silencio.

¿Qué? inquirió Cayo a Aro. La voz de aquél, a pesar de no ser más que un susurro, era rotunda.

Cayo, tienes que advertir el potencial, sin duda le censuró con afecto. No he visto un diamante en bruto tan prometedor desde que encontramos a Jane y Alec. ¿Imaginas las posibilidades cuando sea uno de los nuestros?

Cayo desvió la mirada con mordacidad. Jane echó chispas por los ojos, indignada por la comparación.

A mi lado, Edward estaba que bufaba. Podía oír un ruido sordo en su pecho, un ruido que estaba a punto de convertirse en un bramido. No debía permitir que su temperamento le perjudicara.

No, gracias dije lo que pensaba en apenas un susurro, ya que el pánico me quebró la voz.

Aro suspiró una vez más.

Una verdadera lástima... ¡Qué despilfarro!

Unirse o morir, ¿no es eso? masculló Edward. Sospeché algo así cuando nos condujeron a esta estancia. ¡Pues vaya leyes las vuestras!

Por supuesto que no Aro parpadeó atónito. Edward, ya nos habíamos reunido aquí para esperar a Heidi, no a ti.

Aro bisbiseó Cayo, la ley los reclama.

Edward miró fijamente a Cayo e inquirió:

¿Y cómo es eso?

Él ya debía de saber lo que Cayo tenía en mente, pero parecía decidido a hacerle hablar en voz alta.

Cayo me señaló con un dedo esquelético.

Sabe demasiado. Has desvelado nuestros secretos espetó con voz apergaminada, como su piel.

Aquí, en vuestra charada, también hay unos pocos humanos le recordó Edward. Entonces me acordé de la guapa recepcionista del piso de abajo.

El rostro de Cayo se crispó con una nueva expresión. ¿Se suponía que eso era una sonrisa?

Sí admitió, pero nos sirven de alimento cuando dejan de sernos útiles. Ése no es tu plan para la chica. ¿Estás preparado para acabar con ella si traiciona nuestros secretos? Yo creo que no se mofó.

No voy a... empecé a protestar, aunque fuera entre susurros, pero Cayo me silenció con una gélida mirada.

Tampoco pretendes convertirla en uno de nosotros prosiguió, por consiguiente, ello nos hace vulnerables. Bien es cierto que, por esto, sólo habría que quitarle la vida a la chica. Puedes dejarla aquí si lo deseas.

Edward le enseñó los colmillos.

Lo que pensaba concluyó Cayo con algo muy similar a la satisfacción. Felix se inclinó hacia delante con avidez.

A menos que... intervino Aro, que parecía muy contrariado por el giro que había tomado la conversación. A menos que, ¿albergas el propósito de concederle la inmortalidad?

Edward frunció los labios y vaciló durante unos instantes antes de responder:

¿Y qué pasa si lo hago?

Aro sonrió, feliz de nuevo.

Vaya, en ese caso serías libre de volver a casa y darle a mi amigo Carlisle recuerdos de mi parte su expresión se volvió más dubitativa. Pero me temo que tendrías que decirlo en serio y comprometerte.

Aro alzó la mano delante de Edward.

Cayo, que había empezado a poner cara de pocos amigos, se relajó.

Edward frunció los labios con rabia hasta convertirlos en una línea. Me miró fijamente a los ojos y yo a él.

Hazlo susurré, por favor.

¿Era en verdad una idea tan detestable? ¿Prefería él morir antes que transformarme? Me sentí como si me hubieran propinado una patada en el estómago.

Edward me miró con expresión torturada.

Entonces, Alice se alejó de nuestro lado y se dirigió hacia Aro. Nos volvimos a mirarla. Ella había levantado la mano igual que el vampiro.

Alice no dijo nada y Aro despachó a su guardia cuando acudieron a impedir que se acercara. Aro se reunió con ella a mitad de camino y le tomó la mano con un destello ávido y codicioso en los ojos.

Inclinó la cabeza hacia las manos de ambos, que se tocaban, y cerró los ojos mientras se concentraba. Alice permaneció inmóvil y con el rostro inexpresivo. Oí cómo Edward chasqueaba los dientes.

Nadie se movió. Aro parecía haberse quedado allí clavado encima de la mano de Alice. Me fui poniendo más y más tensa conforme pasaban los segundos, preguntándome cuánto tiempo iba a pasar antes de que fuera demasiado tiempo, antes de que significara que algo iba mal, peor todavía de lo que ya iba.

Transcurrió otro momento agónico y entonces la voz de Aro rompió el silencio.

Ja, ja, ja rió, aún con la cabeza vencida hacia delante. Lentamente alzó los ojos, que relucían de entusiasmo. ¡Eso ha sido fascinante!

Me alegra que lo hayas disfrutado.

Ver las mismas cosas que tú ves, ¡sobre todo las que aún no han sucedido! sacudió la cabeza, maravillado.

Pero eso está por suceder le recordó Alice con voz tranquila.

Sí, sí, está bastante definido. No hay problema, por supuesto.

Cayo parecía amargamente desencantado, un sentimiento que al parecer compartía con Felix y Jane.

Aro se quejó Cayo.

¡Tranquilízate, querido Cayo! Aro sonreía. ¡Piensa en las posibilidades! Ellos no se van a unir a nosotros hoy, pero siempre existe la esperanza de que ocurra en el futuro. Imagina la dicha que aportaría sólo la joven Alice a nuestra pequeña comunidad... Además, siento una terrible curiosidad por ver ¡cómo entra en acción Bella!

Aro parecía convencido. ¿Acaso no comprendía lo subjetivas que eran las visiones de Alice, que lo que veía sobre mi transformación hoy podía cambiar mañana? Un millón de ínfimas decisiones, las de Alice y otros muchos también las de Edward podían cambiar su camino y, con eso, el futuro.

¿Importaba que ella estuviera realmente dispuesta? ¿Supondría alguna diferencia que yo me convirtiera en vampiro si la idea resultaba tan repulsiva a Edward que consideraba la muerte como una alternativa mejor que tenerme a su lado para siempre, como una molestia inmortal? Aterrada como estaba, sentí que me hundía en el abatimiento, que me ahogaba en él...

En tal caso, ¿somos libres de irnos ahora? preguntó Edward sin alterar la voz.

Sí, sí contestó Aro en tono agradable, pero, por favor, visitadnos de nuevo. ¡Ha sido absolutamente apasionante!

Nosotros también os visitaremos para cerciorarnos de que la habéis transformado en uno de los nuestros prometió Cayo, que de pronto tenía los ojos entrecerrados como la mirada soñolienta de un lagarto con pesados párpados. Si yo estuviera en vuestro lugar, no lo demoraría demasiado. No ofrecemos segundas oportunidades.

La mandíbula de Edward se tensó, pero asintió una sola vez.

Cayo esbozó una sonrisita de suficiencia y se deslizó hacia donde Marco permanecía sentado, inmóvil e indiferente.

Felix gimió.

Ah, Felix, paciencia Aro sonrió divertido. Heidi estará aquí de un momento a otro.

Mmm la voz de Edward tenía un tono incisivo. En tal caso, quizá convendría que nos marcháramos cuanto antes.

Sí coincidió Aro. Es una buena idea. Los accidentes ocurren. Por favor, si no os importa, esperad abajo hasta que se haga de noche.

Por supuesto aceptó Edward mientras yo me acongojaba ante la perspectiva de esperar al final del día antes de poder escapar.

Y toma agregó Aro, dirigiéndose a Felix con un dedo. Éste avanzó de inmediato. Aro desabrochó la capa gris que llevaba el enorme vampiro, se la quitó de los hombros y se la lanzó a Edward. Llévate ésta. Llamas un poco la atención.

Edward se puso la carga capa, pero no se subió la capucha.

Aro suspiró. Te sienta bien.

Edward rió entre dientes, pero después de lanzar una mirada hacia atrás, calló repentinamente.

Gracias, Aro. Esperaremos abajo.

Adiós, mis jóvenes amigos contestó Aro, a quien le centellearon los ojos cuando miró en la misma dirección.

Vámonos nos instó Edward con apremio.

Demetri nos indicó mediante gestos que le siguiéramos, y nos fuimos por donde habíamos venido, que, a juzgar por las apariencias, debía de ser la única salida.

Edward me arrastró a su lado enseguida. Alice se situó al otro costado con gesto severo.

Tendríamos que haber salido antes murmuró.

Alcé los ojos para mirarla, pero sólo parecía disgustada. Fue entonces cuando distinguí el murmullo de voces voces ásperas y enérgicas procedentes de la antecámara.

Vaya, esto es inusual dijo un hombre con voz resonante.

Y tan medieval respondió efusivamente una voz femenina desagradable y estridente.

Un gentío estaba cruzando la portezuela hasta atestar la pequeña estancia de piedra. Demetri nos indicó mediante señas que dejáramos paso. Pegamos la espalda contra el muro helado para permitirles cruzar.

La pareja que encabezaba el grupo, americanos a juzgar por el acento, miraban a su alrededor y evaluaban cuanto veían. Otros estudiaban el marco como simples turistas. Unos pocos tomaron fotografías. Los demás parecían desconcertados, como si la historia que les hubiera conducido hasta aquella habitación hubiera dejado de tener sentido. Me fijé en una mujer menuda de tez oscura. Llevaba un rosario alrededor del cuello y sujetaba con fuerza la cruz que llevaba en la mano. Caminaba más despacio que los demás. De vez en cuando tocaba a alguien y le preguntaba algo en un idioma desconocido. Nadie parecía comprenderla y el pánico de su voz aumentaba sin cesar.

Edward me atrajo y puso mi rostro contra su pecho, pero ya era tarde. Lo había comprendido.

Me arrastró a toda prisa en dirección a la puerta en cuanto hubo el más mínimo resquicio. Yo noté la expresión horrorizada de mis facciones y cómo los ojos se me iban llenando de lágrimas.

La ampulosa entrada estaba en silencio a excepción de una mujer guapísima de figura escultural. Nos miró con curiosidad, sobre todo a mí.

Bienvenida a casa, Heidi la saludó Demetri a nuestras espaldas.

Ella sonrió con aire ausente. Me recordó a Rosalie, aunque no se parecieran en nada, porque también poseía una belleza excepcional e inolvidable. No era capaz de quitarle los ojos de encima.

Heidi vestía para realzar su belleza. La más pequeña de las minifaldas dejaba al descubierto unas piernas sorprendentemente esbeltas, cuya piel blanca quedaba oscurecida por las medias. Llevaba un top de mangas largas y cuello alto, pero extremadamente ceñido al cuerpo, de vinilo rojo. Su melena de color caoba era lustrosa y tenía en los ojos una tonalidad violeta muy extraña, el color que podría resultar al poner unas lentes de contacto azules sobre una pupila de color rojo.

Demetri respondió con voz sedosa mientras sus ojos iban de mi rostro a la capa gris de Edward.

Buena pesca la felicitó el aludido, y de pronto comprendí la finalidad del llamativo atuendo que lucía. No sólo era la pescadora, sino también el cebo.

Gracias exhibió una sonrisa apabullante. ¿No vienes?

En un minuto. Guárdame algunos.

Heidi asintió y se agachó para atravesar la puerta después de dirigirme una última mirada de curiosidad.

Edward marcó un paso que me obligaba a ir corriendo para no rezagarme, pero a pesar de todo no pudimos cruzar la ornamentada puerta que había al final del corredor antes de que comenzaran los gritos.

La huida

Demetri nos condujo hasta la lujosa y alegre área de recepción. Gianna, la mujer, seguía en su puesto detrás del mostrador de caoba pulida. Unos altavoces ocultos llenaban la habitación con las notas nítidas de una pieza inocente.

No os vayáis hasta que oscurezca nos previno Demetri.

Edward asintió con la cabeza y él se marchó precipitadamente poco después.

Gianna observó la capa prestada de Edward con gesto astuto y especulativo. El cambio no pareció sorprenderle nada.

¿Os encontráis bien las dos? preguntó Edward entre dientes lo bastante bajo para que no pudiera captarlo la recepcionista. Su voz sonaba ruda, si es que el terciopelo puede serlo, a causa de la ansiedad. Supuse que seguía tenso por la situación.

Será mejor que la sientes antes de que se desplome aconsejó Alice. Va a caerse a pedazos.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que temblaba de la cabeza a los pies, temblaba tanto que todo mi cuerpo vibraba hasta que al fin me castañetearon los dientes, la habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor y se me nubló la vista. Durante un momento de delirio, me pregunté si era así como Jacob se sentía justo antes de transformarse en hombre lobo.

Escuché un sonido discordante, como si estuvieran aserrando algo, un contrapunto extraño a la música de fondo que, por contraste, parecía risueña. El temblor me distraía lo justo para impedirme determinar la procedencia.

Silencio, Bella, calma me pidió Edward conforme me guiaba hacia el sofá más alejado de la curiosa humana del mostrador.

Creo que se está poniendo histérica. Quizá deberías darle una bofetada sugirió Alice.

Edward le lanzó una mirada desesperada.

Entonces lo comprendí. Oh. El ruido era yo. El sonido similar al corte de una sierra eran los sollozos que salían de mi pecho. Eso era lo que me hacía temblar.

Todo va bien, estás a salvo, todo va bien entonaba él una y otra vez. Me sentó en su regazo y me arropó con la gruesa capa de lana para protegerme de su piel fría.

Sabía que ese tipo de reacción era una estupidez por mi parte. ¿Quién sabía cuánto tiempo me quedaba para poder mirar su rostro? Nos habíamos salvado y él podía dejarme en cuanto estuviéramos en libertad. Era un desperdicio, una locura, tener los ojos tan llenos de lágrimas que no pudiera verle las facciones con claridad.

Pero era detrás de mis ojos donde se encontraba la imagen que las lágrimas no podían limpiar, donde veía el rostro aterrorizado de la mujer menuda del rosario.

Toda esa gente... hipé.

Lo sé susurró él.

Es horrible.

Sí, lo es. Habría deseado que no hubieras tenido que ser testigo de esto.

Apoyé la cabeza sobre su pecho frío y me sequé los ojos con la gruesa capa. Respiré hondo varias veces mientras intentaba calmarme.

¿Necesitan algo? preguntó una voz en tono educado. Era Gianna, que se inclinaba sobre el hombro de Edward con una mirada que intentaba mostrar empatía, una mirada profesional y cercana a la vez. Al parecer, no le preocupaba tener el rostro a centímetros de un vampiro hostil. O bien se encontraba en una total ignorancia o era muy buena en lo suyo.

No contestó Edward con frialdad.

Ella asintió, me sonrió y después desapareció.

Esperé a que se hubiera alejado lo bastante como para que no pudiera escucharme.

¿Sabe ella lo que sucede aquí? inquirí con voz baja y ronca. Empezaba a tranquilizarme y mi respiración se fue normalizando.

Sí, lo sabe todo contestó Edward.

¿Sabe también que algún día pueden matarla?

Es consciente de que existe esa posibilidad aquello me sorprendió. El rostro de Edward era inescrutable. Alberga la esperanza de que decidan quedársela.

Sentí que la sangre huía de mi rostro.

¿Quiere convertirse en una de ellos?

Él asintió una vez y clavó los ojos en mi cara a la espera de mi reacción.

Me estremecí.

¿Cómo puede querer eso?susurré más para mí misma que buscando realmente una respuesta. ¿Cómo puede ver a esa gente desfilar al interior de esa habitación espantosa y querer formar parte de eso?

Edward no contestó, pero su rostro se crispó en respuesta a algo que yo había dicho.

De pronto, mientras examinaba su rostro tan hermoso e intentaba comprender el porqué de aquella crispación, me di cuenta de que, aunque fuera fugazmente, estaba de verdad en brazos de Edward y que no nos iban a matar, al menos por el momento.

Ay, Edward se me empezaron a saltar las lágrimas y al poco también comencé a gimotear.

Era una reacción estúpida. Las lágrimas eran demasiado gruesas para permitirme volver a verle la cara y eso era imperdonable. Con seguridad, sólo tenía de plazo hasta el crepúsculo; de nuevo como en un cuento de hadas, con límites después de los cuales acababa la magia.

¿Qué es lo que va mal? me preguntó todavía lleno de ansiedad mientras me daba amables golpecitos en la espalda.

Enlacé mis brazos alrededor de su cuello. ¿Qué era lo peor que él podía hacer? Sólo apartarme, así que me apretujé aún más cerca.

¿No es de locos sentirse feliz justo en este momento? le pregunté. La voz se me quebró dos veces.

Él no me apartó. Me apretó fuerte contra su pecho, tan duro como el hielo, tan fuerte que me costaba respirar, incluso ahora, con mis pulmones intactos.

Sé exactamente a qué te refieres murmuró, pero nos sobran razones para ser felices. La primera es que seguimos vivos.

Sí convine. Ésa es una excelente razón.

Y juntos musitó. Su aliento era tan dulce que hizo que la cabeza me diera vueltas.

Me limité a asentir, convencida de que él no concedía a esa afirmación la misma importancia que yo.

Y, con un poco de suerte, todavía estaremos vivos mañana.

Eso esperodije con preocupación.

Las perspectivas son buenas me aseguró Alice. Estaba tan quieta que casi habíamos olvidado su presencia. Veré a Jasper en menos de veinticuatro horas añadió con satisfacción.

Alice era afortunada. Ella podía confiar en su futuro.

Yo no era capaz de apartar la mirada de Edward mucho rato. Le observé fijamente, deseando más que nunca ese futuro que nunca ocurriría, que aquel momento durara para siempre o si no, que yo dejara de existir cuando acabara.

Edward me devolvió la mirada, con sus suaves ojos oscuros y resultó fácil pretender que él sentía lo mismo. Y así lo hice. Me lo imaginé para que el momento tuviera un sabor más dulce.

Recorrió mis ojeras con la punta de los dedos.

Pareces muy cansada.

Y tú sediento le repliqué en un susurro mientras estudiaba las marcas moradas debajo de sus pupilas negras.

Él se encogió de hombros.

No es nada.

¿Estás seguro? Puedo sentarme con Alice le ofrecí, aunque a regañadientes; preferiría que me matara en ese instante antes que moverme un centímetro de donde estaba.

No seas ridícula suspiró; su aliento dulce me acarició la cara. Nunca he controlado más esa parte de mi naturaleza que en este momento.

Tenía miles de preguntas para él. Una de ellas pugnaba por salir ahora de mis labios, pero me mordí la lengua. No quería echar a perder el momento, aunque fuera imperfecto, así, en una habitación que me ponía enferma, bajo la mirada de una mujer que deseaba convertirse en un monstruo.

En sus brazos, era más que fácil fantasear con la idea de que él me amaba. No quería pensar sobre sus motivaciones en ese momento, máxime si estaba actuando de ese modo para mantenerme tranquila mientras continuara el peligro, o bien porque se sentía culpable de que yo estuviera allí y no deseaba sentirse responsable de mi muerte. Quizás el tiempo que habíamos pasado separados había bastado para que no le aburriera todavía, pero nada de esto importaba. Me sentía mucho más feliz fantaseando.

Permanecí quieta en sus brazos, memorizando su rostro otra vez, engañándome...

Me miraba como si él estuviera haciendo lo mismo aunque entretanto discutía con Alice sobre la mejor forma de volver a casa. Intercambiaban rápidos cuchicheos, y comprendí que actuaban así para que Gianna no pudiera entenderlos. Incluso yo, que estaba a su lado, me perdí la mitad de la conversación. Me dio la impresión de que el asunto iba a requerir algún robo más. Me pregunté con cierto desapego si el propietario del Porsche amarillo habría recuperado ya su coche.

¿Y qué era toda esa cháchara sobre cantantes? preguntó Alice en un momento determinado.

La tua cantanteseñaló Edward. Su voz convirtió las palabras en música.





sdamzavas.net - 2020 . ! , ...